El Chinchinero

 

El Chinchinero es una persona que toca un bombo en la espalda. Dicho instrumento se ha fabricado artesanalmente y toca cualquier ritmo o melodía. Trabaja generalmente con un organillero, quien posee un organillo, instrumento a base de aire que se hace funcionar con una manivela. Mientras el organillero toca, el chinchinero toca y baila lo que el organillero está interpretando Fox Trot, Vals, tango y Cueca.

Estos personajes recorren calles y ciudades de Chile y viajan también a lugares tan apartados como Europa. Todas estas presentaciones se hacen formalmente con un contrato y por intermedio del Departamento de Cultura del Ministerio de Relaciones Exteriores de Chile.

Queremos dar a conocer nuestra cultura y tradiciones porque hay parte de una generación que no nos conoce tanto en Chile como en otros países,  ignorando que además el chinchinero es originario de nuestro país.

El Chinchinero nació en la Quinta Región de Chile. El Instrumento fue inventado por una mujer y después se extendió hacia la zona central y fue en Santiago donde surgió la idea de acompañar al organillero.

En la década de 1930 el organillero era acompañado por otros personajes como el fotógrafo, el suplementero, el afilador de cuchillos y el farolero que indicaba la hora.

A medida que pasó el tiempo, cada personaje se fue independizando. el fotógrafo se quedó en las plazas, el que daba la hora desapareció por razones obvias: se inventó el reloj. El afilador de cuchillos siguió solo por los barrios y de igual forma lo hizo el organillero.

Sólo hasta la década de 1960 apareció el chinchinero y empiezan a trabajar como grupo, representando nuestra cultura y tradiciones.

 familia sepulveda 02

La Familia Sepúlveda

Miguel Sepúlveda, es quien funda la tradición de este oficio en su familia. El escenario de este artista siempre ha sido la calle, pero sus inicios no fueron junto al chinchín y el organillo. Conocido como “el tony”, Miguel Sepúlveda trabajo por años como payaso antes de ser chinchinero y posteriormente organillero, fue precisamente la calle, el espacio que permitió a este artista callejero vincularse y conocer otros oficios, vendedores ambulantes, lustra botas, maniseros, cantantes, humoristas entre otros que comparten los mismos códigos y una vida errante entorno a sus oficios. Fue junto al “pituquin” chinchinero antiguo conocido por mantener su instrumento impecable y ordenado, y junto al organillero Sergio Casanova Cifuentes, que el joven Miguel Sepúlveda, conocido en ese entonces como el “payaso Rasputín” tiene su primer acercamiento con estos oficios, particularmente con el chinchín. Mientras Sergio Casanova tocaba el organillo, Miguel vestido de payos bailaba a su alrededor llamando la atención de los transeúntes, con el paso del tiempo comenzó a imitar los movimientos del “pituquín” hasta que se hizo chinchinero. En 1975 viaja a Valparaíso para establecerse junto a su familia, allí acompaña por más de diez años al organillero Claudio Cortes en sus andanzas por los cerros y paseos del puerto, en 1985, después del terremoto vuelve a Santiago donde de forma independiente sigue su carrera, acompañando en ocasiones a Luis Toledo Salvatierra, organillero conocido como “el cascote”, quien era su suegro. Ya con experiencia y trayectoria, Miguel enseña a sus sobrinos Jorge y Patricio Toledo a tocar el chinchín, también a Carlos Manuel Aravena con quienes comparte la tradición. Su hermano conocido como “el tortuga” también trabaja como chinchinero, luego sus hijos Marco Antonio y Miguel Sepúlveda aprenderían de él la disciplina que los llevaría el año 1994 a Italia y Francia a mostrar su arte.

En Santiago de Chile, en un periodo de más de diez años a partir de la década de los 80’, Miguel y sus hijos, eran perseguidos como muchos de sus colegas del centro de la ciudad, el constante hostigamiento de las autoridades y carabineros termino aburriendo a estos artistas quienes deciden no trabajar más en el centro y lugares concurridos de la ciudad, exiliándose en poblaciones y pueblos pequeños donde siguieron desarrollando de forma menos notoria su práctica. Reconocidos por sus estrafalarias vestimentas y pantalones con vuelos de colores, la familia Sepúlveda no pasó inadvertida en los años 80’.

En la actualidad, siguen llevando alegría a la gente con sus tres generaciones, un organillero y tres chinchineros. Miguel Sepúlveda, fundador de una historia familiar en el oficio, por años ha luchado para que éste sea reconocido y tenga el lugar que se merece en la ciudad. Con interés pedagógico, ha propuesto más de una vez a las autoridades instancias de acercamiento de esta cultura a los colegios del país, como también ha buscado la asosiatividad en el gremio para proteger y promover su práctica. Hoy, sigue recorriendo el país y los pueblos con su organillo y chinchín.

(Extraído de Web Patrimonio Sonoro)